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miércoles, 4 de marzo de 2015

Verde esperanza

 Patricia los veía, se escondían en el gran helecho, cerca de la verja. Hoy iba decidida a cazar.
Haciéndose la despistada se sentó en la base de la planta, tan cerca como le permitía el denso follaje.
Un rápido movimiento a su derecha y su mano se alzó como un muro, parando en seco la recién emprendida carrera del pequeño ser.

–¿Qué eres y a dónde ibas tan rápido?–preguntó llena de curiosidad.

La mirada del ser se desvió hacia la casa de al lado, donde la vecina recogía el correo.  Su rostro se tensó, no eran buenas noticias.

–Soy un duende e iba a por comida. Se me ha pasado la oportunidad ¡Por tu culpa!
–Pensé que este helecho os alimentaba.
–Nuestra sangre es verde, como la esperanza y de eso nos alimentamos,cuando alguien  la pierde, nosotros debemos estar ahí para cosecharla.
–¡Eso es horrible!
–¿Eso crees?¡Pues tengo una noticia que darte!

El duende hizo un movimiento veloz, mientras Patricia sentía un dolor punzante en el dedo.
Una gota de sangre emergió ¡Verde!
La desesperación la embargó mientras su cuerpo cambiaba, viendo como la barriga del duende se abultaba.


                             
Microrrelato participante en el concurso "Microfantasy II" organizado por el círculo de escritores.



lunes, 15 de diciembre de 2014

El castigo

justa venganza
de una A menudo, me imagino nuestro planeta como un gran perro.
Sí, tal vez un mastín o un san bernardo, con 7.000 millones de incómodas pulgas. Pulgas que se alimentan de él, horadan su piel para anclar sus nidos, donde tener más pulgas; manchan su bello pelaje con desechos de todo tipo. A veces, este gran perro, se sacude, se rasca en señal de protesta y con ello se libera de unas cuantas, pero el resto siguen creciendo, multiplicándose, chupándole la sangre.
Tengo que reconocer que yo soy una de esas pulgas, y desde aquí reivindico que las pulgas tenemos derecho a vivir, a crecer, a criar más pulgas... Sin embargo, pensemos en respetar un poco más, a este perro bonachón que nos cobija y nos sustenta, no sea que un día, decida ir a por insecticida. 

Escuchas el silencio
de la urbe lejana,
recuerdos pretéritos,
la soledad te acompaña.
El tic-tac no acompasa
ningún tiempo venidero,
trazando un sendero,
que el ánimo menoscaba.
Continúas el camino
con un atisbo de esperanza
de no ser el único
que quede de tu raza.
Fue la especie humana
dueña de su destino,
la naturaleza reclama
por el trato recibido.
Ahora todo lo abarca,
tiñe con verde abrigo,
a esos que pensaban
no tener nunca castigo.
Espesa mortaja,
justa venganza
de una madre tierna
convertida en tirana.